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El puesto de periódico de autoservicio en Següencoma, del hijo de Feliciano. Fotos Freddy Barragán / Página Siete

Confianza y empatía: «rarezas» en algunos negocios de La Paz.

René presta dinero con garantía de garrafas, sabiendo que puede no volver a ver su capital, y Feliciano tiene un puesto de periódicos y confía en que la gente pagará por llevarse un diario.

Fuente: Página Siete / Ivone Juárez/  La Paz

René y Feliciano son dos paceños que, como muchos, buscaron o encontraron los oficios que llenan sus expectativas y les  permiten sostener sus hogares. El primero es un contador  de profesión, pero dedicado a una tienda de cambio de aceites a vehículos y a los préstamos de dinero; el segundo es un distribuidor de periódicos de muchos años de experiencia. ¿Qué tienen en común? El haber implementado dos valores muy singulares en sus formas de hacer negocios: la confianza y la empatía con los demás.

Su mayor ganancia no es el dinero, pero lo que hacen es peculiar.

René es la antítesis del prestamista  tradicional, presta dinero recibiendo como prenda garrafas de gas, pero da por éstas casi el total de su costo y cobra un interés que generalmente no recibe porque los acreedores no regresan. Su tienda ya guarda muchas garrafas, pero no le preocupa. “El dinero viene y va y si se puede ayudar”, dice.

Por su lado, Feliciano implementó el autoservicio en su puesto de  periódico en Calacoto, donde no hay vendedor, sólo un cartel que indica el precio de cada rotativo y una cajita donde el comprador debe dejar el costo del ejemplar que se lleva. ¿Qué pasa si necesita  cambio? Puede sacarlo de la cajita. Nadie lo controlará ni confirmará si pagó lo correcto y si sacó el cambio que le corresponde, sólo su consciencia. Feliciano lleva años con esa forma de venta y hasta ahora no ha tenido problemas, ni su hijo Gumercindo,  que tiene el mismo sistema de venta en Següencoma.

René y  Feliciano no ven nada extraordinario en lo que hacen, pero para muchos de nosotros son rarezas a la hora de hacer negocios.

Éstas son sus historias.
 

Feliciano: «Es así en otros países y aquí hay confianza»

 Feliciano llegó a la ciudad de La Paz a inicios de los años 70 del siglo pasado, después de haber vivido un tiempo en Perú y otro en Argentina. Nació en Pacajes, un pueblo que se encuentra camino a Chile, como él dice. No dejó Pacajes porque necesitaba ver nuevos horizontes,  sino porque  consideraba que ya había cumplido con su comunidad. “Ocupé muchos cargos en Pacajes”, asegura.

Su primer recuerdo de La Paz es ese “panfleto” que vio tirado en la calle. “Fabulosas ganancias”, prometía el papel. Se trataba de un anuncio del periódico El Diario para reclutar vendedores de sus ejemplares. 

“En el cursillo que pasamos había un catedrático de la universidad que nos dijo: ‘Con que los que venden periódico ganan más; la fila es larga, pero he dejado una piedrita’. Lo comentó en forma de broma, pero a mí esas palabras me entusiasmaron y me animaron a hacer lo que hago hasta hoy”, cuenta el repartidor de diarios.

Y comenzó su oficio distribuyendo y  vendiendo  El Diario en la calles de la ciudad de La Paz, pero también los periódicos Presencia, Hoy, Jornada y Última Hora, medios ya desaparecidos. 

 “La gente de antes era lectora, ahora andan mirando su celular, tropezándose, cayéndose, así nomás son ahora”, dice el hombre de 70 años bromeando.

Por eso, ante esa falta de compradores de periódicos, que se incrementó con la pandemia -asegura  Feliciano- decidió implementar el autoservicio en su puesto de periódicos de la calle 13 de Calacoto, mientras él se encarga de  entregar los diarios a otros puestos de venta que se encuentran a lo largo de la zona. 

“Le pido a la señora que vende lauchas que me lo vea, después viene la frutera y también me lo ve el puesto”, comenta.

Pero las mujeres tienen que estar pendientes de sus puestos de venta, así que el verdadero control y cuidado del anaquel de periódicos de Feliciano lo hace la honestidad de los compradores, a la que el hombre  apela para mantener su negocio.

 Su hijo Gumercindo también practica esa forma de venta en su anaquel que está frente al colegio San Ignacio, en Següencoma. 

En el puesto  Gumercindo, igual que su padre, expone los periódicos y en medio deja un cartel donde se ve el precio de cada diario con la siguiente recomendación: “Ojo, dejar el costo por favor, gracias”.

 Sobre la mesa del anaquel hay una cajita, donde se debe dejar el dinero. Si se tiene cambio,  se tiene que meter la mano en la caja y tomarlo, nadie se acerca a comprobar que es el exacto.

“Desde la pandemia la venta bajó mucho y uno se aburre de estar sentado, esperando, y que no pase nada, así que vamos a dejar periódicos a otros  puestos, pero dejamos abierto éste para que la gente se lleve su periódico; no necesitamos estar nosotros”, explica Feliciano, repartidor de diarios de hace 50 años.

“En otros países así es el sistema de venta. Leí en el periódico que en Japón es así, y aquí, con la gente de esta zona hay confianza, no se van sin pagar”, afirma.

Como Feliciano es un hombre que conoce del negocio de la venta de periódicos considera que se debe aplicar todas las estrategias necesarias para subir las ventas, como la de la confianza en la gente. Pero también tiene algunas sugerencias para los que hacen los diarios: “Saquen más crucigramas, eso busca la gente, y material educativo para los niños; historia para conocer cómo era Bolivia”, propone.
 

René: «El dinero va y viene, y si se puede ayudar»

Este contador general nació en  La Paz, en la avenida Buenos Aires, casi al final de Cotahuma. Ahí vive con la familia que formó y estableció su negocio, una tienda de cambio de aceites. “Dejé mi profesión por este negocio, no puedo partirme en dos”, dice.

Estaba dedicado sólo al cambio de aceite hasta que un día  la mujer que vendía comida al lado de su tienda le pidió prestado dinero y le dejó de garantía un lector de DVD; luego apareció un vecino pidiendo el mismo favor y le puso como prenda una radio. “Tenía ahorrado un dinerito y lo presté, pero nunca vinieron a recoger las prendas, no sabía qué hacer con ellas porque además estaban viejas”, cuenta.

Estaba a punto de olvidar el negocio de prestamista, hasta que apareció alguien que le pidió prestado y como prenda le ofreció una garrafa de gas licuado. Le pareció menos riesgoso, debido a la utilidad del utensilio de cocina, pero sucedió de nuevo: lo dejaron con la prenda.

“Tampoco vinieron por la prenda, pese a que el interés que cobro es bajito”, dice.

El interés que cobra René es del 5% al mes, bajo, considerando el que aplican otros prestamista: del 10 y hasta 20%, dependiendo de la “desesperación” del acreedor. 

Por las garrafas presta 200 bolivianos y éstas pueden ser revendidas máximo en 215. “Tampoco puedo engañar a la gente”, afirma.

Como su tienda está sobre al avenida, sus vecinos y gente de otras zonas comenzaron a buscarlo para poner en prenda  sus garrafas de gas. “Algunos sí recogen la prenda después de tiempo y se las devuelvo”, dice. Esto podría considerarse un premio para René, porque además de recuperar sus 200 bolivianos puede tener un interés, pero es muy poco frecuente, por eso su tienda ya guarda un gran número de garrafas.

“A veces alguien viene a comprar una garrafa y la vendo, y ahí recupero algo, no pierdo, pero la mayoría está aquí”, dice mostrando los botellones apilados  que cubre con una tela negra.

A la entrada de su tienda cuelga un cuadro donde se lee: “Para prestarte te asomas, para pagar te corres”. Él aumentó algo más a la frase: “Te escondes, no contestas el teléfono”. Entonces, ¿por qué sigue prestando dinero?  “Hay muchas personas necesitadas que viven al día; hay situaciones muy dramáticas, veo la realidad muy de cerca y si puedo ayudar”, responde.

Además de que mucha gente lo deja con las garrafas de gas, René enfrentó también momentos incómodos, como cuando lo acusaron de haber recibido un botellón robado. “Un dueño de casa vino a decir que su inquilino le robó la garrafa y  la empeñó  conmigo; para no tener problemas le di la garrafa, tuve que perder”, cuenta.

 Desde entonces el prestamista lleva un registró de todos los cilindros que recibe como prenda. Tiene un gran cuaderno dentro su taller, donde anota el nombre del acreedor, su número de celular, el tiempo por el que será el préstamo y otros datos que son información en caso de que se vuelva a presentar una situación como de la que se lamenta. “Trato de asegurarme de que no sea robado”, señala.

“Hago mucha solidaridad pero ya han abusado de mí; se enteran que soy bueno y se aprovechan”, dice sonriendo y mirando a Stalin, su cachorro tipo chihuahua que no mide más de 30 centímetros y  que no deja de ladrar y revolotear por la tienda.

¿Qué representa el dinero para René?  “Es algo que viene y va ¿no? Aunque para muchas personas  es fundamental ¿No?”, responde él.
 

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