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Guía para gladiadores

Discutir en las redes es el vicio contemporáneo definitivo. Sus adictos pertenecen a todos los grupos concebibles

ANTONIO ORTUÑO


El logo de Twitter en la pantalla de un teléfono. THOMAS WHITE REUTERS

Discutir en las redes es el vicio contemporáneo definitivo. Sus adictos pertenecen a todos los grupos concebibles, sin diferencias de género, credo político o religioso, ni distingos de edad, nivel educativo o económico. Pasarse el día alegando en red es una actividad tan generosa, además, que tiene cupo para toda clase de adictos a otras cosas, y por eso es que solemos ver que la practican un montón de personas que además están enganchadas a sustancias, a beber como camellos, al sexo (o a la castidad), a los videojuegos, al trabajo, a lo que sea. Pero del mismo modo que todo culto tiene sus protocolos y toda militancia sus señas, el depravado arte de discutir con desconocidos en las redes requiere la observación de algunas normas que procederemos a enumerar.

1. Olvídese de las reservas. Nada de detenerse ante el temor de caer en aquellas falacias de argumentación glosadas por los clásicos y que solían esgrimirse como pruebas para exhibir y descartar a los malos polemistas. Esos tiempos ya pasaron (a ver: si ese tal Aristóteles era tan listo ¿por qué se murió?) Usted recurra sin parpadear a la reducción al absurdo, a tomar la parte por el todo, a las peticiones de principio, y, por descontado, también a la mentira, la puya y el insulto. ¿Acaso las redes son el foro romano y lleva usted una toga encima? Claro que no. Usted solamente leyó alguna frase de una publicación (o el encabezado de una noticia) que le pareció mal y no necesita más para pronunciarse con una seguridad que ya hubiera querido el Oráculo de Delfos para un día de fiesta.

2. Todo truco es válido. ¿No cuenta con fuentes confiables para apuntalar lo que sostiene? Pues eche mano de publicaciones dudosas, sesgadas, malintencionadas o directamente apócrifas. Haga pasar las opiniones de quienes piensan igual que usted tal y como si fueran hechos objetivos o máximas incuestionables. Confunda a sabiendas un meme con un argumento. Y recuerde que un solo gif chistosón vale más que toda la dialéctica de Hegel.

3. Se discute con palabras, así que, desde luego, la precisión del lenguaje no debe importarle en lo absoluto. Usted finja indignarse si se le reprocha su pésima ortografía (y digo fingir porque el aprendizaje de su propio idioma nunca le ha importado ¿no?) y mófese también de quien le demuestre un error diccionario en mano, pero aprovéchese de quien sea que escriba un poco peor que usted (o no tenga diccionario al alcance) para hacer lo propio. Y no se preocupe por usar términos cuyo significado ignore parcialmente o del todo. Anímese y retuerza las palabras por el rabo hasta que chillen (eso lo dijo Paz pero usted atribúyaselo a Einstein, que tiene más adeptos y unos bigotes muy simpáticos en las fotos). El lenguaje no es su vehículo, querido gladiador de las redes: es su rehén. Y a los rehenes no se les mima, ¿verdad?

4. Insista y persista. ¿Qué importa si lo han desmentido cien veces, si cien más ha arremetido contra la idea, persona o colectivo que tanto lo irrita y ha sido vencido o ignorado? Usted dé por sentado que el placer de todas las personas con las que tiene contacto depende de que, sin matiz alguno, se lance a publicar por enésima ocasión el mismo ataque compulsivo, basado en el mismo argumento rancio y revestido de falacias, fuentes indignas, memes, gifs y palabras torturadas para decir cosas que no querían. Es lo que esperábamos. Nos sentiríamos raros si a usted se le enfría el cerebro y deja de embestir a sus fetiches preferidos con esa convicción de búfalo con problemas de hemorroides tan suya.

5. El pudor sale sobrando. Contradígase. Niegue haber dicho las cosas que ha aseguró o defienda el derecho a no haber opinado lo que sus anteriores publicaciones comprueban que opinó. Más aún: excúlpese preventivamente ante la (inminente) próxima contradicción y escúdese en que “no es lo mismo”. Total: seguro que al otro lado de la pantalla tiene a un gladiador igual de impetuoso e inescrupuloso que usted mismo. ¿Para qué respetarlo? ¡Correría el riesgo de que comenzáramos a respetarlo a usted!

PS: Si no reconoce el sarcasmo y cree que esta guía va en serio, vuelva al punto número uno y repásela otra vez.

Fuente: El Pais.

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