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El derrumbe de Escobar

La Alcaldía de Medellín demuele el edificio Mónaco, construido por el capo colombiano, como parte de un relato que contrarreste los narco-tours
CATALINA LOBO-GUERRERO

Momento de la demolición del edificio Monáco, en Medellín LUIS BENAVIDEZ AP
Marta Zuloaga quería recuperar los balones de fútbol de sus nietos. Los mellizos, de siete años, pateaban con más fuerza que tino y varios habían terminado del otro lado del muro, entre la maleza del edificio Mónaco, en Medellín, que había construido Pablo Escobar. Los nietos ignoraban lo que ese nombre significaba para su abuela y otros vecinos, pero sí sabían que el edificio de “unos malos” desaparecería este viernes 22 de febrero.

El Mónaco había sido construido en 1986 sobre los 8.000 metros cuadrados que ocupaban dos mansiones contiguas, que Escobar había comprado en un sector residencial exclusivo de la ciudad, a pocos metros del club Campestre, donde a él le habían negado la entrada. En cinco meses había demolido las casas y erigido su torre cuadrada de ocho pisos color marfil, con bóveda, cuarto de pánico, varias piscinas y jacuzzis. El lujoso pent-house de 1.600 metros cuadrados, decorado con pinturas de Botero, Grau y Obregón, donde Escobar vivía con su esposa y sus dos hijos, le había dañado la vista a los socios del club.

Los turistas, que en los últimos años llegaban hasta la carrera 44 número 15sur-31, solo podían imaginarse, desde la calle de enfrente, cómo había vivido el capo colombiano porque el edificio era una ruina. En algunos narco-tours hablaban del fantasma de Pablo que rondaba la propiedad, pero lo único que se movía allí eran los laureles, palmas y acacias que le hacían sombra; los mosquitos que habían encontrado el lugar perfecto para sus larvas en las piscinas (finalmente las rellenaron de arena para evitar la plaga); y las ratas que hicieron casa en su estructura laberíntica.

El día antes de la implosión, ni Marta ni nadie que no fuera de la empresa Atila, que se encargaría de hacerlo desaparecer del paisaje, podía entrar ya al edificio ni a su enorme patio a rescatar pelotas o a tomar una última foto. Unas cintas color naranja indicaban que la dinamita ya había sido colocada en puntos estratégicos. Los vecinos especulaban cuánto tendrían que usar para destruir ese búnker con paredes dobles, columnas reforzadas y techos enrejados que había sobrevivido incólume a otras explosiones.

La primera sucedió a las 5:15 de la mañana del 13 de enero de 1988. Un automóvil Toyota verde, cargado con 80 kilos de dinamita, estalló al costado occidental del Mónaco. La explosión se escuchó en toda la ciudad y dejó un cráter de más de dos metros de profundidad por seis de diámetro, que se llenó de agua porque rompió un tubo del acueducto. “Medellín amaneció como Beirut”, dijo William Jaramillo, el alcalde de la época, sin saber que esa bomba sería solo la primera de muchas en la guerra entre los carteles de Cali y Medellín.

La segunda ocurriría el 19 de febrero del 2000, cuando ya el edificio no era de los Escobar. La Dirección Nacional de Estupefacientes lo había tomado y luego subarrendado a compañías bananeras, empresas de publicidad y medicina prepagada, oficinas de abogados, una naviera, un centro de rehabilitación de adictos -que tuvo que cerrar por falta de presupuesto- y, finalmente, se la había entregado a la Fiscalía. Los vecinos protestaron. No querían ser víctimas colaterales de otro ataque. Tenían razón, porque dos meses después de que la Fiscalía se instalara allí, hombres armados entraron disparando y luego detonaron 40 kilos de dinamita.

No hubo tantos heridos esa vez en el edificio Bahia Blanca, donde vive Marta, pero a Elcy Blair Vélez, vecina del séptimo piso, se le rompieron todos los vidrios y una de sus lámparas antiguas. Ante el anuncio de la Alcaldía de que ese edificio tan “maluco” sería implosionado, Marta, Elcy, Amparito y las demás abuelas del inmueble tomaron precauciones. Cubrieron sus muebles con sábanas, retiraron los cuadros de las paredes, forraron sus porcelanas y lámparas art-deco, evacuaron sus mascotas y retiraron las materas de los balcones, ante la posibilidad de que el cimbronazo -ojalá que fuera el último que tuvieran que vivir- las dañara.

La violencia destruyó la imagen de Medellín alrededor del mundo y sus últimos alcaldes han construido escuelas, parques, edificios inteligentes, bibliotecas y centros de convenciones para alojar eventos empresariales, científicos, deportivos y culturales. El alcalde actual, Federico Gutiérrez, decidió hacer algo para contrarrestar el relato de ficción en las series de televisión, películas y libros, donde los victimarios son los protagonistas. Medellín debía ofrecer una narrativa alternativa a la de los narcotours que han proliferado en la ciudad en los últimos años. La ciudad tenía que darle su lugar y reconocimiento a las víctimas -solo entre 1983 y 1994 mataron a 46.000 medellinenses- y a los héroes de esa guerra, como el coronel Valdemar Franklin Quintero, el incorruptible comandante de la Policía de Antioquia que el día que renunció a su escolta dijo: “Por mi causa no pueden quedar más viudas y más huérfanos. Si vienen por mí, aquí los espero”.

El candidato a la presidencia y enemigo declarado de Escobar, Luis Carlos Galán, se había enterado del asesinato del coronel por la radio, mientras viajaba en su carro, la mañana del 18 de agosto de 1989. Lo lamentó mucho porque el coronel le había salvado la vida días antes, al descubrir un plan para matarlo en un viaje de campaña a Medellín. Horas después, Galán sería asesinado a tiros por sicarios de Escobar.

Los hijos de Galán y Quintero habían perdido a sus padres el mismo día, pero nunca se habían encontrado. Tampoco se conocían con otros sobrevivientes: las viudas, hijos, hermanos y padres de tantas otras víctimas del narco-terrorismo que ahora serán homenajeadas en el parque que ocupará el lugar del Mónaco. Todos ellos se reunieron el viernes en el Club Campestre, desde donde vieron el edificio y lo escucharon rugir por última vez, antes de convertirse en polvo.
Fuente: El Pais.

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