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¿Solo los hombres se encoñan?

Nátaly Londoño Laura
La obsesión por los genitales ajenos tiene que ver con la forma en que lo sentimos y en la mística que se va construyendo en cada encuentro.

Éder Leandro Rodríguez
Busqué en Google la palabra “encoñarse” y saltaron a la vista 9.180 resultados. El primero decía: “Verbo pronominal. Estar un hombre dominado u obsesionado por el deseo sexual hacia una mujer”. Después busqué “poemas con la palabra encoñarse”, y me dio risa saber que, contra todo pronóstico, el link que abrí tenía un poema de Joaquín Sabina: “Mejor hacerse fraile o tortillera / que encoñarse con una serranita / que te devora sin probar bocado”.

Antes de eso había buscado “¿es posible encoñarse?” y aparecieron muchas cosas. Blogs y columnasde opinión, sobre todo, escritas por mujeres, y lo afirmo después de haber visitado hasta las páginas ocho, nueve y diez de los resultados de la búsqueda.

Los textos que encontré eran en su mayoría explicativos, giraban sobre la idea “encoñarse no es enamorarse”, y referenciales: “mi amigo tal se encoñó de una vieja que no se quería casar con él”, y así, hasta que me encontré leyendo algo que me produjo indignación, un artículo, a juzgar por el lenguaje, publicado en España, donde se habla del encoñamiento como algo estúpido que sufrimos las mujeres: “Hay fenómenos que llevan ahí toda la vida sin que nadie les haya puesto nombre. Uno de ellos es aquel que se produce cuando, tras acostarte con un tío, te pasas una semana pensando en él, aún sabiendo que aquello fue un aquí te pillo, aquí te mato en toda regla”.

Pero no, resulta que es al contrario. Resulta que la palabra deja claro que somos las mujeres las que tenemos el poder de causar la obsesión en los hombres, aunque los síntomas no son exclusivos de ellos, o eso dice el sexólogo José Manuel González: “A las mujeres también les gusta el sexo, ya pasó la época en que se reprimían, y cuando encuentran un buen compañero de cama se pueden encaprichar con él. Ellas siempre buscarán amantes excepcionales, y con eso me refiero al sexo”.

No obstante, no se trata de quién sí y quién no, porque, a fin de cuentas, la sexualidad es un asunto que nos cobija a todos. Se trata de que las obsesiones son dinámicas de pensamiento en las que nuestra mente se aferra a una idea fija que puede tener forma de vagina. O de pene. Y eso no está relacionado con el amor, sino con el hecho de saciar la necesidad básica de acostarnos compulsivamente con alguien.
Fuente: El Espectador.

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