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Sepultan a Carla y Jesús lado a lado, y una carta de amor

La gente colapsó el Cementerio General y demandó justicia y hasta venganza.

Sepultan a Carla y Jesús lado a lado, y una carta de amor
Así llegaron los ataúdes al camposanto, ayer. APG
Sergio Mendoza  / La Paz / PAGINA SIETE

Decenas, quizás cientos, caminaron detrás de los dos ataúdes blancos. Avanzan apretujados por los callejones, a través de los nichos del Cementerio General en busca del lugar donde los sepultarán, que está allí, dos espacios vacíos uno al lado del otro.

Las gotas caen por sus mejillas, pero caen también desde el cielo. Se escuchan palabras de odio, de sufrimiento, impotencia y maldiciones contra ellos.

“Tanta maldad, cómo les hicieron eso”, dice una señora  que lleva su chamara impermeable.

Los cuerpos protegidos por ataúdes blancos llegan uno tras otro y hay varios entierros en esa hora en el cementerio. El cura reza los padres nuestros, ofrece los deseos de descanso eterno y los ataúdes salen en seguidilla por la puerta de salida al camposanto, cada vez por un espacio más angosto. Porque la iglesia se llena y aunque son muchos los difuntos, son pocos quienes los siguen. Parece que toda la gente acá los espera sólo a ellos, porque todos miran a la puerta.

Hay bulla afuera, en la entrada. La gente arroja flores blancas sobre un ataúd blanco que acaba de llegar. “¡Justicia, justicia!” se escucha entre la muchedumbre.

Los celulares se levantan en alto para tomar fotos, los que pueden se suben en las bancas del cementerio, todos se alborotan. Pero no es ninguno de ellos, ninguno de los dos jóvenes que fueron asesinados después de Año Nuevo, el día que desaparecieron después de asistir a la discoteca Planta Baja.

“Nos confundimos, no son ellos”, comenta uno. Aparece otro ataúd blanco y de nuevo se arma un alboroto, pero esta vez es un niño el que está adentro. “Pero yo vi que son blancos”, dice un muchacho.

Ahí llegan,  dos ataúdes blancos lado a lado, sostenidos por una columna de luto y  ya no hay duda de ellos porque las cámaras de televisión los persiguen.

“¡Hermanos, hermanos!”, repite el cura intentando hacerse oír por encima de los gritos de la gente, que de nuevo maldice, pide justicia y se lamenta.

“Recemos un padre nuestro por el eterno descanso de Jesús Cañisaire y Carla Bellot”, pide.

Como al salir hay tantos, la gente se divide y corre por los callejones adyacentes en busca de los nichos. El lugar está cerca, en el cuartel 222, cuarta fila de abajo hacia arriba. Están lado a lado.

La familia está cerca, los periodistas suben sobre los techos de los mausoleos, con escaleras que consiguen por allí. Los que pueden los persiguen y los que no se quedan alrededor, observando de dónde pueden tomar fotos porque el lugar donde están los ataúdes es estrecho.

Más bronca, más rabia. La gente convoca a marchas, a destruir, quemar, ahorcar y hasta   meten al Presidente en el asunto.

Entonces un familiar saca u papel blanco, lo desdobla y lee fuerte una carta escrita por Carla  para Jesús hace algún tiempo. “Quiero olvidar el pasado. Perdón por hacerte daño. Estaremos juntos y nos casaremos (…) No me importa nadie, sólo tú me gustas. Te quiero, te amo”.

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