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La matanza de Texas y el veneno de la frustración

Los últimos años en la vida de Devin P. Kelley habían sido una cadena de fracasos e ira

Un policía ante la iglesia de Sutherland Springs.
Un policía ante la iglesia de Sutherland Springs. AFP

EL PAIS

Este domingo se cumple una semana de la matanza de Sutherland Springs (Texas) y se van conociendo más detalles sobre el asesino, Devin P. Kelley, de 26 años. Datos y testimonios dibujan sus últimos años de vida como la combustión paulatina de la mecha de una bomba de odio.

Una compañera de sus tiempos de militar, entrevistada por The New York Times, lo recuerda como un tipo iracundo, siempre a punto de explotar. La exsargento Jessika Edwards sugería a otros compañeros que fuesen cuidadosos con él, porque si no cualquier día podría aparecer allí armado y “liarse a tiros”. Después de ser expulsado del Ejército, Kelley escribía a Edwards por Facebook. Estaba obsesionado con las armas. Se emocionaba hablando de Dylann S. Roof, que mató a tiros a nueve personas en 2015 en una iglesia. Edwards cortó contacto con él y le recomendó buscar ayuda cuando su excompañero le contó que compraba perros por Internet para hacer con ellos prácticas de tiro.

“Le dije que no era normal y le di mi número de teléfono. Le dije: “Si alguna vez piensas en hacerte daño o en hacerle daño a otros, llámame”, ha contado Edwards. Él le había dicho que no tenía “el nervio” para matar personas. Que solo era capaz de matar animales.

Devin Patrick Kelley.
Devin Patrick Kelley. REUTERS

Kelley vivía en la finca de sus padres en New Braunfels (Texas), a unos 55 kilómetros de Sutherland. La casa tiene 350 metros cuadrados y la propiedad, con extensos pastos, 11 hectáreas. Todo ello valorado en alrededor de medio millón de dólares. No eran una familia en apuros económicos. Y allí, Kelley fue anidando la bomba de violencia que hizo explotar en la iglesia de Sutherland.

En 2009 había terminado el bachillerato y se había alistado en la Fuerza Aérea. Al principio parecía que le podía ir bien. Obtuvo buenos resultados en las pruebas de entrada y lo metieron en un programa dedicado a formar analistas de inteligencia para contraespionaje militar. Superó dos meses de entrenamiento básico y luego pasó a otra fase más rigurosa de seis meses. Ahí perdió comba. No logró graduarse. El Ejército se ha limitado a informar de que tuvo problemas “académicos”.

En 2011 cumplía un trabajo menor de oficinista en una base de la Fuerza Áerea en Nuevo México, donde coincidió con Edwards. Y se había casado por primera vez, con una chica de 19 años que tenía un bebé de un matrimonio anterior. En este puesto Kelley tampoco era capaz de hacer su trabajo y los superiores lo ponían a hacer tareas como fregar suelos o limpiar los baños. La compañera dice que eso lo encolerizaba. “Los quiero matar a todos”, llegó a bramar en la oficina.

En lo sucesivo fue sancionado en múltiples ocasiones. Una de ellas, cuando intentó meter a escondidas un arma de fuego en la base militar. En 2012 tocó fondo. Fue detenido por maltratar a su esposa –a la que amenazó con una pistola– y a su hijastro, al que le provocó una fractura en el cráneo. Tessa Brennaman, su primera mujer, ha dicho al canal CBS que su exmarido estaba “poseído por sus demonios”. A la espera de juicio militar fue enviado a un psiquiátrico donde lo analizaron, le dieron medicación contra la depresión y la ansiedad y fue calificado de “paciente de alto riesgo”. Una noche huyó de allí e intentó tomar un autobús en El Paso para regresar a casa. Fue capturado. En noviembre de 2012 fue condenado a 12 meses de reclusión y 10 meses después, junio de 2013, salió libre.

Expulsado del Ejército y sin apenas derechos a las ayudas a veteranos –incluido el tratamiento psiquiátrico–, volvió con su familia. En 2014 se casó otra vez. También maltrató a su segunda esposa y amenazó a la familia de ella. Kelley escribió a Edwards que sus padres querían medicarlo. Sus fantasías de violencia aumentaban en sus mensajes a la exsargento. Antes de que ella rompiera el contacto con él, le mandó una foto de un arma que había comprado, de estilo militar, y en la que estaba trabajando para aumentar su potencia. El domingo pasado, meses después de haberlo eliminado de su red social, Edwards volvió a saber de él. Devin P. Kelley había masacrado a 26 inocentes.

Kelley apareció muerto en su coche tras ser perseguido por dos civiles. Uno de ellos le había dado dos tiros al verlo salir de la iglesia. Pero el asesino presentaba una tercera herida de bala que se había hecho a sí mismo. Los investigadores creen que viendo que no podía huir acabó suicidándose.

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