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¿A quién mancha el desfalco del Banco Unión?

¿A quién mancha el desfalco del Banco Unión?

María José Rodríguez * / Página Siete

¿Es la imagen del sistema financiero la que golpea el desfalco en el Banco Unión? Apostaría a que no. En el imaginario de la gente, ese banco pareciera estar en un apartado distinto al de los “otros”. Harina de otro costal.  Más percibido como empresa pública que financiera pura. Por supuesto, no tenemos datos “duros” para apoyar esa hipótesis, pero el debate abierto la última semana sobre si debe ser tratado como un acto de corrupción o, en palabras del ministro Héctor Arce, “(…) un hecho delictivo”, da riendas a esa conjetura.
¿Corrupción o delito? De lejos, desde donde miramos quienes no sabemos de leyes, el panorama parece similar, diríamos, idéntico. ¿Qué es corrupción sino un hecho delictivo? Pero los matices lo son todo en el mundo de las percepciones. En esas sutilezas asentarán conclusiones como que el hecho fue un acto aislado, producto de santo que pecó al hallar el arca abierta, o que es parte de una visión de hacer las cosas que se propaga en la cultura organizacional de algunas instituciones.
Quizá se busca aislar el caso del manejo gubernamental y dejarlo como un incidente que podría suceder en cualquier institución financiera, que podría pasarle a todos. Quiero seguir pensando que en otra, un buen arqueo habría detectado, un poco antes, el problemita de descuadre. Y creería que hay pocos funcionarios que pueden entrar y salir rellenaditos de billetes con tanta libertad y soltura a sus bóvedas.
No sólo los protocolos y los sistemas de control se convierten en un impedimento para que el arca esté abierta, sino también la cultura organizacional que determina los comportamientos de sus colaboradores y se convierte en norma no dicha pero ejecutada. El video de Pari (el pecador del arca abierta) es una pieza que grafica magistralmente su cultura, la que la institución no pudo modificar.
En el flamante auto nuevo, Pari detecta un oficial de tránsito y dice “un paco”. Luego acelera, haciendo caso omiso de su presencia y los límites de velocidad. La novia, asustada por la flagrante infracción, pregunta si habrá problemas. Pari responde que a esa velocidad (el “paco”) no los podría alcanzar. “¿Qué va a hacer?”, dice con ese aire de superioridad que sólo un motor de esos provoca en algunos hombres. Gran metáfora. El brazo de la ley no es tan largo como para alcanzar a Pari. O por lo menos, eso creía. Y lo debió haber creído por muchos meses: alentando ese sentimiento de inmunidad dentro de una bóveda que se hacía cada vez más suya, y el acto delictivo le resultaba más y más natural.
La naturalidad del delito es lo que da a pensar que el tema está ligado a una cultura organizacional. Creer que no habrá nadie vigilando, que nadie investigará, que no habrá razones para ello o que, al final, si se distribuye el pastel, nadie irá tras él, habla no sólo de Pari, sino de su entorno.
Aquello que nos rodea nos modela. Si Pari no reparó, ni por un segundo, en que esos cinco millones de dólares eran el ahorro de varios millones de bolivianos (personas de carne y hueso) significa que en ese banco la consciencia sobre la proveniencia de los fondos era débil o inexistente. La plata de los bancos es la de los ahorristas, por eso se les exige asirse a normas, sin excepciones.
Y aún más siendo un banco del Estado, el banco emblema del país, el que marca la pauta y es el modelo a seguir. En él, más que en otros, las normas debieran seguirse con rigor exagerado. En él, un desliz de ese tamaño no sería siquiera pensable. Porque la cultura de ese banco provenía de un proyecto mayor debió, por tanto, haber inspirado a sus funcionarios a cuidar lo que es del pueblo. La mancha no queda, entonces, solo en la institución, alcanza a su madre creadora y al proyecto inspirador.
*La autora es especialista en comunicación corporativa y crisis.

 

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